
Capitulo III: El valle de los juegos.
“Etis Magnolia, hija de la soledad caminando con belleza va, mirando al horizonte, por si algo logra notar, las horas, se convierten en eternidad”.
Horas parecían haber trascurrido para Etis, quien se encontraba caminando sobre un sendero de piedra, rodeado por un paisaje unicolor con ínfulas de marrón que parecía cambiar con cada paso que ella daba.
Ella pudo haber jurado que acababa de pasar cerca de una plantación de duraznos, si no fuera porque al mirar otra vez sobre sus hombros constató que había arboles de mango. Ella pudo haber jurado que casi tropezaba con las raíces de un naranjo, sino fuera porque al mirar de nuevo había solo un tronco.
Etis ya no sabía, ni confiaba en lo que veía, y no es para menos; ya que hasta el Sol cambiaba de posición como si el llevara su propio tiempo. En un rato estaba en el horizonte, en el otro estaba en lo alto del cielo y al segundo detrás de Etis como si jugara a las escondidas.
Magnolia tuvo las sospechas de que el Sol andaba de payaso, pero después de todo solo debía ser su imaginación, y es que Matilda Arauco, su profesora de geografía, le había dicho montones de veces que el sol siempre seguía una dirección fija a excepción de los días de solsticio de verano.
Así que decidió caminar mirando de reojo al Sol, y pudo constatar que efectivamente el rubio se movía como le daba la gana muy juguetón. Así que Magnolia decidió jugar también, y en una rápida acción se volteo y con sus dedos como una pistola dijo ¡Bang!
Entonces el sol pareció haberse sobre exaltado porque dio un brinco como de unos metros, y cayó muerto en el horizonte. Enseguida la noche cayó en minutos como una pintura oscura derramada sobre el cielo.
En lo alto salió una luna grande y brillante, redonda como un plato fino de porcelana, y con unos hoyos lunares que se asemejaban a un rostro.
Etis tuvo miedo de haber matado al sol, y cómo no tener miedo si una vez oyó que una tía decía que el sol se moría sabroso en la playa.
A la pobre de Magnolia le pesaba haber cometido un crimen tan grande. ¿Qué será de las flores ahora?- se preguntó con cierta preocupación.
Entonces mientras se cuestionaba, escuchó una voz extraña que venía del cielo.
- ¡No tengas miedo Etis! Tú no has matado al Sol. Ese señor es muy dramático, no te preocupes, mañana saldrá de nuevo.
Magnolia miró al cielo y vio a la Luna. La miro muy bien, fijamente, si perder rastro alguno; y le pareció haber visto unos ojos desorbitados y una sonrisa maltrecha.
Efectivamente la Luna le había hablado con un tono sereno. Entonces de nuevo la voz se hizo sentir y esta vez parecía algo paranoica.
- ¡Niña, niña pero que haces ahí, muévete! No hay tiempo para descansar, pronto vendrán, si vendrán, y te van a lastimar.
- ¿Quién vendrá?- preguntó la niña
- Las estrellas fugaces – dijo la Luna con ese tono paranoico.
- ¿Las estrellas fugaces? Pero las estrellas fugaces son bonitas- dijo la niña con cierta inocencia.
- ¿Bonitas? Estás loca, cuando vienen las estrellas fugaces se te entierran en la cara y duele, duele mucho.
- ¡Lo siento, no lo sabía! – dijo Etis preocupada.
- ¡Claro es fácil para ti, después de todos tu tienes manos y te las puedes quitar! – dijo la Luna muy regañona antes de que empezara a llover estrellas fugaces.
- ¡Corre Etis! – dijo nuevamente la luna en tono alarmado.
Etis no supo que hacer, así que corrió espantada en medio de una histeria compartida y regalada. Entonces, del cielo caían cientos de estrellas fugaces a la tierra muy rápidamente.
Mientras la niña corría veía a la luna quejarse y hacer grandes ¡Ay! Porque muchas estrellas se enterraban en su rostro. Inclusive a Etis le cayó una pequeña en el brazo y picaba como las gotas de aceite caliente.
Entonces la noche se llenó de ¡Ayayay!,¡uyuyuy! Y otras onomatopeyas más. A Etis le picaban las estrellitas fugaces que al caer reían como bebés. Pareciera que lo que caían eran pequeños infantes sonrientes.
El suelo de aquel paisaje marrón montañoso se había llenado de cientos de estrellas fugaces que quedaban brillantes en el suelo con sus caras redonditas, sus ojos chiquitos y esas colas tan largas.
Aconteció que Etís en su corredera pisó a una de las estrellitas en la cola, y entonces esta comenzó a llorar como lo hacen los bebés. Aquel llanto era enternecedor y rompía el alma. Magnolia vio consternada a la cosa brillante, mientras las otras estrellitas corrían asustadas de las grandes patotas de Etis.
- No chica, ¿cómo vas a hacer eso? Es solo una estrellita, ¿cómo la vas a pisar? - dijo la Luna.
- Pero, pero, es que no la vi Luna- dijo Etis en sollozos.
- Tú eres más grande que ella, ¿No te da pena? Levántala y mécela en tus brazos.- le replicó la Luna.
- ¿No me va a quemar?- dijo Magnolia preocupada.
- Levántala con tu vestido, ellas no queman la ropa.
La niña usó su vestido para levantar a la estrella chillona, y comenzó a mecerla en sus brazos.
- ¡Cántale una canción para que se duerma! – le dijo la Luna.
Entonces Etis le cantó a la estrellita, la única canción que se sabía:
- Duérmete mi niña que tengo que hacer- cantaba la niña. Cosa que hizo que la estrellita comenzara a llorar aun más duro, como esos niños cuando se levantan de la cuna y se privan en llanto con sus pequeñas caras rojas.
- ¿Cómo le vas a decir eso Etis? Es una estrella no una niña, ¡Cántale bien!- dijo la Luna preocupada.
Entonces Etis pensó de nuevo y reformuló la canción:
- Duérmete estrellita que tengo que hacer, sobar la colita y ponerme a correr, duérmete estrellita que tengo que hacer, sobar la colita y ponerme a correr- cantó Magnolia sonriendo de su propia canción.
Entonces la estrella se durmió profundamente con una sonrisa. La niña observó a la criatura y se dio cuenta que las estrellas cambian de color según su animo.
Magnolia rió y cuando se dio cuenta del rosado purpureo del astro; el Sol salió nuevamente a jugar y el paisaje se iluminó poco a poco, y así mismo la estrella desaparecía de entre sus manos.
Etis acomodó su vestido, pensando en la loca noche que había tenido y miró a su alrededor y logró divisar un letrero que decía:
“Sendero de las incógnitas y las preguntas”
Entonces Magnolia vio un camino de madera detrás del letrero y decidió marchar por ahí…
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